Fortunas en un sin fin de publicidades gráficas, afiches pegados en paradas de colectivos, pasacalles peligrosamente suspendidos en las esquinas, números impensables gastados en spots publicitarios en televisión. Estrategias superfluas, palabras bonitas, miradas angelicales o que pretenden inspirar confianza. Las elecciones en Argentina se asemejan más a un concurso de belleza que a un acto cívico que define el futuro de un país. Miss simpatía se lleva como consuelo una banca en el Congreso Nacional, y con suerte debajo de su agraciada capa de princesa entrarán algunos más, en el anonimato aún para muchos de los votantes que se dejaron seducir por la gracia de la aspirante a la corona.
La ferocidad en épocas previas a los actos electivos parece responder a una disputa que va más allá de un mero sentimiento de vocación patriota, del deber republicano que merece nuestro más serio respeto para conseguir construir un país más justo. Una inmensidad de intereses económicos se enfila detrás de uno u otro candidato. El único objetivo: conseguir ventajas futuras que incrementen los márgenes de utilidad de las mismas firmas que aportan dichosas los fondos de multimillonarias campañas proselitistas.
El acceso al poder se deberá en gran parte a los fondos conseguidos para financiar la campaña, asumiendo muchos costos muy altos que, claro, recaerán sobre el bolsillo del pueblo una vez asumido el cargo. Pero ello no es tan problemático cuando uno es un vitalicio del poder, cuando quienes financian al oficialismo son directamente los contribuyentes del Estado; eso implica al menos, ahorrarse un paso. ¿Ha notado Usted el incremento de las publicidades oficiales en períodos preelectorales? ¿Cree que es mera coincidencia? Por si acaso, jamás se les olvida en los carteles que aparecen por doquier, aclarar que tal o cual obra, tal o cual inversión se deben gracias a la gestión del jefe político de turno, cuyo nombre aparece no en pequeñas proporciones en tales propagandas oficiales.
Una vez las urnas llenas, las cartas están echadas, y para sorpresa de muchos, la República a veces desconcentra el poder alguna vez mal distribuido y vuelve más democrática a la Democracia. Aparece el diálogo que se había ausentado desde que el poder cegó los ojos de quienes se creyeron dueños de la verdad, y una vez más el sistema imperfecto que tenemos muestra signos de autocorregir los desvíos que han sido fruto de la propia naturaleza humana.
Resurge el parlamento como tal y no así como un mero ejército de soldados a la espera de acatar órdenes del General. El nuevo mapa político cambia las reglas del juego y nos demuestra que la política no tiene dueños sino personajes de turno. Eso sí, algunos turnos son demasiado extensos y sin querer, o quizá queriendo excesivamente, ahogan el espíritu renovador que la política tanto precisa para nutrirse de la vocación y del aporte criterioso de las nuevas generaciones.
Muchas veces los argentinos nos preguntamos cómo es posible que la función pública se termine convirtiendo en un medio para el enriquecimiento. Es duro explicarle a un joven el por qué de tan abultadas dietas de legisladores y funcionarios públicos en un país donde existe el hambre, donde casi un 40% de la población se encuentra bajo la línea de pobreza. Cómo es posible que ante cambios en la política, en el resultado de una elección, cuanto mucho ocurren reacomodos de los mismos funcionarios que se vienen enriqueciendo ya, sólo que se desempeñarán en distintas áreas, muchas de las cuales exceden en complejidad el campo de sus conocimientos.
La carrera pública se ha convertido más que en un servicio a la Patria en una profesión más, y claro que para los más acomodados. Una profesión con prometedores salarios o, mejor aún, infinitas capacidades de generar negocios paralelos de la mano de un poco de poder, por más fugaz que este sea.
El día en que la política de vocación le gane a la política de la corrupción, el día que muchos incapaces dejen lugar a los capaces, solo así podremos hacernos grandes y velar por la igualdad de oportunidades de la que tanto se habla y poco se hace. Todo ello y aún un poco más, por un país grande no sólo en su extensión sino también en las cualidades de su gente.